Sígueme (agosto)
Ambientación
Un gran cartel con el lema de esta celebración vocacional preside el recinto.
Durante la meditación pueden entonarse diversos cantos vocacionales.
Monición de entrada
Nos reunimos en esta tarde para orar por las vocaciones. Jesús sigue llamando, como lo hizo con aquellos primeros discípulos. Habrá dificultades, retos, peligros, pero la confianza en Él lo puede todo. Su llamada inicial lo llena todo: ¡Sígueme!
El tiempo de verano, tiempo de vacaciones y descanso, ayuda a pensar y a plantearse muchas cosas. Oremos hoy por las vocaciones.
Himno - canto (Maestro, te seguiré, adondequiera que vayas)
Salmos (del día o los propuestos para la celebración)
Lectura evangélica (Lc 9, 57-62)
Mientras iban caminando, uno le dijo: "Te seguiré adondequiera que vayas." Jesús le dijo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza."
A otro dijo: "Sïgueme." Él respondió: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre." Le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios."
Otro le dijo; "Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa." Le dijo Jesús: "Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el Reino de Dios."
Reflexión
Que la vocación es radicalista lo demuestra ese imperativo de Jesús "¡Sígueme!", que se dirige no sólo a algunos privilegiados de su entorno sino a todos los religiosos de todo tiempo y lugar. La vida consagrada es fundamentalmente una adhesión personal a Cristo. El seguimiento enamorado de Jesús es la quintaesencia indispensable de la consagración.
La respuesta radical del religioso a la petición de Jesús "Sígueme" es la que pronuncia ese discípulo anónimo de seguirle en todo lugar y tiempo. Militar en las filas de la vida consagrada es firmar un cheque en blanco a favor de Jesús. Poner toda la fe y la confianza e aquel que afirma: "Quien me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". La disponibilidad ante Jesús es la regla de oro del religioso.
¿Y que nos depara el seguimiento de Cristo? "El Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza". Jesús no dora la píldora como los líderes políticos y sociales, que ofrecen "el oro y el moro" para reclutar seguidores. Jesús nos habla de su vida desarraigada, sólo guiado por la brújula del servicio a Dios y a los hombres. A todos los consagrados se nos exige coherencia con se Cristo liberado, desprendido de todo por nuestro amor.
Es verdad que no a todos en el mismo grado, pero a todos los fieles nos manda Jesús que vayamos a anunciar el Reino de Dios. Los llamados a la vida religiosa activa deben incorporarse totalmente al servicio de la Buena Noticia. "Id y predicad el Evangelio".
Sobre la conciencia de os consagrados a la causa de Jesús debe resonar la exclamación de Pablo: "¡Ay de mí si no envangelizare!" Y más aún su afirmación rotunda: "¡No me avergüenzo del Evangelio!"
Otra exigencia del seguimiento de Jesús es el preferirle por encima de todos los amores de la tierra, familia incluida. Esto no quiere decir que Jesús invalide el cuarto mandamiento de amar a los familiar. Sólo nos recuerda que por ser Él en cuanto Dios el dador de esos seres entrañables está por encima de ellos y, en caso de incompatibilidad, debe prevalecer nuestro amor hacia Él.
Para los llamados a su seguimiento pleno, los consagrados, Jesús propone exigencias mayores. Les dice que su familia, por encima de cualquier otro lazo sagrado que sea, es Él. Si la patria, el partido político o los negocios pueden pedir sacrificios de separación familiar, cuánto más Jesús, nuestro jefe, hermano mayor y Dios. Y esa fidelidad exige perseverancia hasta el fin. En esta sociedad alérgica a los compromisos duraderos y rompedora de promesas, hemos de pedir diariamente a Jesús: "¡No permitas que me aparte de ti!" O mejor: "¡Llévame, Señor, contigo adondequiera que vas…"
(Folletos con Él. Teología y Biblia, nº 166 - octubre 1997)
Preces
Llenos de alegría y gozo por sentirnos llamados a la gran misión de anunciar la Buena nueva a todos los hombres, dirijamos al Padre nuestra oración confiada.
· Por el Papa, los obispos y presbíteros, para que sepan iluminar especialmente con sus vidas la existencia de los hombres y ser indicadores de caminos válidos para los hombres, roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
· Por los creyentes en Cristo, para que vivan siempre el seguimiento de su Señor, de tal manera que sean luz de los hombres y sal de la tierra, y, por medio de ellos, los hombres puedan ver y llegar al Padre Dios, roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
· Por todos los formandos de nuestra Orden, para que, abiertos a la luz de la palabra de Jesús, se preparen para ser servidores del pueblo, que espera su mensaje y testimonio, roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
· Por los misioneros, sacerdotes, religiosos y seglares, para que Dios bendiga su labor y, entre todos, colaboremos en la construcción del Reino en la tierra, roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
· Por todos los que creemos en Cristo, para que, reunidos en comunidad fraternal, seamos germen e instrumento de salvación en el mundo, roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
Jesús, salvador de los hombres, que has querido encomendar las tareas importantes de la historia de la salvación de hombres sencillos, haz que, a ejemplo de san José, protector de nuestra Orden, la vida de tus humildes siervos sea una respuesta fiel a tu llamada. Te lo pedimos a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Padrenuestro
Elevemos al Padre eterno, sustento de toda vocación, la oración que su hijo, Jesucristo, nos enseñó: Padre nuestro…
Oración
En tu regazo acunaste a la Iglesia niña en Jerusalén,
con tu mano cariñosa dirigiste su crecimiento,
tus desvelos la acompañaron
cuando se aventuró por los caminos para invitar a los hombres,
a compartir su vitalidad juvenil.
Tu silenciosa presencia alentó sus triunfos
y consoló sus desalientos.
Cuidabas lo que era tuyo: tus hijos, tu patrimonio maternal.
También nuestra Orden ha crecido bajo tus cuidados:
mimada por tus manos de madre,
alentada por tus ojos de madre,
consolada en sus crisis por tu presencia de Madre.
Cuidas lo que es tuyo: tu Orden, tu patrimonio maternal.
Infúndenos el vigor juvenil de otros tiempos:
la osada vitalidad,
el optimismo contagioso
que atraiga a los hombres a emprender la jornada de vida
junto a nosotros, con nosotros, contigo.
Amén.
Canto a María: Dichosa tú. C. Gabarain.