Las obras de San Agustín
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Benedicto XVI: Las obras de san Agustín
Queridos hermanos y hermanas:
Tras la pausa de los ejercicios espirituales de la semana pasada, hoy
volvemos a presentar la gran figura de san Agustín, sobre el que ya he
hablado varias veces en las catequesis del miércoles. Es el Padre de la
Iglesia que ha dejado el mayor número de obras, y de ellas quiero hablar
hoy brevemente. Algunos de los escritos de san Agustín son de fundamental
importancia, no sólo para la historia del cristianismo, sino también para
la formación de toda la cultura occidental: el ejemplo más claro son las
Confesiones, sin duda uno de los libros de la antigüedad cristiana más
leídos todavía hoy. Al igual que varios Padres de la Iglesia de los
primeros siglos, aunque en una medida incomparablemente más amplia,
también el obispo de Hipona ejerció una influencia amplia y persistente,
como lo demuestra la sobreabundante tradición manuscrita de sus obras, que
son realmente numerosas.
Él mismo las revisó algunos años antes de morir en las Retractationes y
poco después de su muerte fueron cuidadosamente registradas en el
Indiculus ("índice") añadido por su fiel amigo Posidio a la biografía de
san Agustín, Vita Augustini. La lista de las obras de san Agustín fue
realizada con el objetivo explícito de salvaguardar su memoria mientras la
invasión de los vándalos se extendía por toda el África romana y
contabiliza mil treinta escritos numerados por su autor, junto con otros
«que no pueden numerarse porque no les puso ningún número».
Posidio, obispo de una ciudad cercana, dictaba estas palabras precisamente
en Hipona, donde se había refugiado y donde había asistido a la muerte de
su amigo, y casi seguramente se basaba en el catálogo de la biblioteca
personal de san Agustín. Hoy han sobrevivido más de trescientas cartas del
obispo de Hipona, y casi seiscientas homilías, pero estas originalmente
eran muchas más, quizá entre tres mil y cuatro mil, fruto de cuatro
décadas de predicación del antiguo retórico, que había decidido seguir a
Jesús, dejando de hablar a los grandes de la corte imperial para dirigirse
a la población sencilla de Hipona.
En años recientes, el descubrimiento de un grupo de cartas y de algunas
homilías ha enriquecido nuestro conocimiento de este gran Padre de la
Iglesia. «Muchos libros —escribe Posidio— fueron redactados y publicados
por él, muchas predicaciones fueron pronunciadas en la iglesia,
transcritas y corregidas, ya sea para confutar a herejes ya sea para
interpretar las sagradas Escrituras para edificación de los santos hijos
de la Iglesia. Estas obras —subraya el obispo amigo— son tan numerosas que
a duras penas un estudioso tiene la posibilidad de leerlas y aprender a
conocerlas» (Vita Augustini, 18, 9).
Entre la producción literaria de san Agustín —por tanto, más de mil
publicaciones subdivididas en escritos filosóficos, apologéticos,
doctrinales, morales, monásticos, exegéticos y contra los herejes, además
de las cartas y homilías— destacan algunas obras excepcionales de gran
importancia teológica y filosófica. Ante todo, hay que recordar las
Confesiones, antes mencionadas, escritas en trece libros entre los años
397 y 400 para alabanza de Dios. Son una especie de autobiografía en forma
de diálogo con Dios. Este género literario refleja precisamente la vida de
san Agustín, que no estaba cerrada en sí misma, dispersa en muchas cosas,
sino vivida esencialmente como un diálogo con Dios y, de este modo, una
vida con los demás.
El título Confesiones indica ya lo específico de esta autobiografía. En el
latín cristiano desarrollado por la tradición de los Salmos, la palabra
confessiones tiene dos significados, que se entrecruzan. Confessiones
indica, en primer lugar, la confesión de las propias debilidades, de la
miseria de los pecados; pero al mismo tiempo, confessiones significa
alabanza a Dios, reconocimiento de Dios. Ver la propia miseria a la luz de
Dios se convierte en alabanza a Dios y en acción de gracias porque
Dios nos ama y nos acepta, nos transforma y nos eleva hacia sí mismo.
Sobre estas Confesiones, que tuvieron gran éxito ya en vida de san
Agustín, escribió él mismo: «Han ejercido sobre mí un gran influjo
mientras las escribía y lo siguen ejerciendo todavía cuando las vuelvo a
leer. Hay muchos hermanos a quienes gustan estas obras» (Retractationes,
II, 6): y tengo que reconocer que yo también soy uno de estos «hermanos».
Gracias a las Confesiones podemos seguir, paso a paso, el camino interior
de este hombre extraordinario y apasionado por Dios.
Menos difundidas, aunque igualmente originales y muy importantes son,
también, las Retractationes, redactadas en dos libros en torno al año 427,
en las que san Agustín, ya anciano, realiza una labor de «revisión» (retractatio)
de toda su obra escrita, dejando así un documento literario singular y
sumamente precioso, pero también una enseñanza de sinceridad y de humildad
intelectual.
De civitate Dei, obra imponente y decisiva para el desarrollo del
pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la
historia, fue escrita entre los años 413 y 426 en veintidós libros. La
ocasión fue el saqueo de Roma por parte de los godos en el año 410. Muchos
paganos de entonces, y también muchos cristianos, habían dicho: Roma ha
caído, ahora el Dios cristiano y los apóstoles ya no pueden proteger la
ciudad. Durante la presencia de las divinidades paganas, Roma era caput
mundi, la gran capital, y nadie podía imaginar que caería en manos de los
enemigos. Ahora, con el Dios cristiano, esta gran ciudad ya no parecía
segura. Por tanto, el Dios de los cristianos no protegía, no podía ser el
Dios a quien convenía encomendarse. A esta objeción, que también tocaba
profundamente el corazón de los cristianos, responde san Agustín con esta
grandiosa obra, De civitate Dei, aclarando qué es lo que debían esperarse
de Dios y qué es lo que no podían esperar de él, cuál es la relación entre
la esfera política y la esfera de la fe, de la Iglesia. Este libro sigue
siendo una fuente para definir bien la auténtica laicidad y la competencia
de la Iglesia, la grande y verdadera esperanza que nos da la fe.
Este gran libro es una presentación de la historia de la humanidad
gobernada por la divina Providencia, pero actualmente dividida en dos
amores. Y este es el designio fundamental, su interpretación de la
historia, la lucha entre dos amores: el amor a sí mismo «hasta el
desprecio de Dios» y el amor a Dios «hasta el desprecio de sí mismo», (De
civitate Dei, XIV, 28), hasta la plena libertad de sí mismo para los demás
a la luz de Dios. Este es, tal vez, el mayor libro de san Agustín, de una
importancia permanente.
Igualmente importante es el De Trinitate, obra en quince libros sobre el
núcleo principal de la fe cristiana, la fe en el Dios trino, escrita en
dos tiempos: entre los años 399 y 412 los primeros doce libros,
publicados sin saberlo san Agustín, el cual hacia el año 420 los completó
y revisó toda la obra. En ella reflexiona sobre el rostro de Dios y trata
de comprender este misterio de Dios, que es único, el único creador del
mundo, de todos nosotros: precisamente este Dios único es trinitario, un
círculo de amor. Trata de comprender el misterio insondable: precisamente
su ser trinitario, en tres Personas, es la unidad más real y profunda del
único Dios.
El libro De doctrina christiana es, en cambio, una auténtica introducción
cultural a la interpretación de la Biblia y, en definitiva, al
cristianismo mismo, y tuvo una importancia decisiva en la formación de la
cultura occidental.
Con gran humildad, san Agustín fue ciertamente consciente de su propia
talla intelectual. Pero para él era más importante llevar el mensaje
cristiano a los sencillos que redactar grandes obras de elevado nivel
teológico. Esta intención profunda, que le guió durante toda su vida, se
manifiesta en una carta escrita a su colega Evodio, en la que le comunica
la decisión de dejar de dictar por el momento los libros del De Trinitate,
«pues son demasiado densos y creo que son pocos los que los pueden
entender; urgen más textos que esperamos sean útiles a muchos» (Epistulae,
169, 1, 1). Por tanto, para él era más útil comunicar la fe de manera
comprensible para todos, que escribir grandes obras teológicas.
La gran responsabilidad que sentía por la divulgación del mensaje
cristiano se encuentra en el origen de escritos como el De catechizandis
rudibus, una teoría y también una práctica de la catequesis, o el Psalmus
contra partem Donati. Los donatistas eran el gran problema del África de
san Agustín, un cisma específicamente africano. Los donatistas afirmaban:
la auténtica cristiandad es la africana. Se oponían a la unidad de la
Iglesia. Contra este cisma el gran obispo luchó durante toda su vida,
tratando de convencer a los donatistas de que incluso la africanidad sólo
puede ser verdadera en la unidad. Y para que le entendieran los sencillos,
los que no podían comprender el gran latín del retórico, dijo: tengo que
escribir incluso con errores gramaticales, en un latín muy simplificado. Y
lo hizo, sobre todo en este Psalmus, una especie de poesía sencilla contra
los donatistas para ayudar a toda la gente a comprender que sólo en la
unidad de la Iglesia se realiza realmente para todos nuestra relación con
Dios y crece la paz en el mundo.
En esta producción destinada a un público más amplio reviste particular
importancia su gran número de homilías, con frecuencia improvisadas,
transcritas por taquígrafos durante la predicación e inmediatamente
puestas en circulación. Entre estas destacan las bellísimas Enarrationes
in Psalmos, muy leídas en la Edad Media. La publicación de las miles de
homilías de san Agustín —con frecuencia sin el control del autor— explica
su amplia difusión y su dispersión sucesiva, así como su vitalidad.
Inmediatamente las predicaciones del obispo de Hipona, por la fama del
autor, se convirtieron en textos sumamente requeridos. Para los demás
obispos y sacerdotes servían también de modelos, adaptados a contextos
siempre nuevos.
En la tradición iconográfica, un fresco de Letrán que se remonta al siglo
VI, representa a san Agustín con un libro en la mano (véase la foto), no
sólo para expresar su producción literaria, que tanta influencia ejerció
en la mentalidad y en el pensamiento cristianos, sino también para
expresar su amor por los libros, por la lectura y el conocimiento de la
gran cultura precedente. A su muerte, cuenta Posidio, no dejó nada, pero
«recomendaba siempre que se conservara diligentemente para las futuras
generaciones la biblioteca de la iglesia con todos sus códices», sobre
todo los de sus obras. En estas, subraya Posidio, san Agustín está
«siempre vivo» y es muy útil para quien lee sus escritos, aunque
—concluye— «creo que pudieron sacar más provecho de su contacto los que lo
pudieron ver y escuchar cuando hablaba personalmente en la iglesia, y
sobre todo los que fueron testigos de su vida cotidiana entre la gente» (Vita
Augustini, 31).
Sí, también a nosotros nos hubiera gustado poderlo escuchar vivo. Pero sigue
realmente vivo en sus escritos, está presente en nosotros y de este modo
vemos también la permanente vitalidad de la fe por la que dio toda su vida.
Audiencia general
Miércoles 20 de febrero de 2008
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