Conversión de San Agustín

 

 

 

0.- ACOGIDA

 

El equipo que preparó la reunión, organiza la sala y acoge a los participantes explicando el tema que vamos a tratar y los objetivos que tiene:

Saber a lo que se convirtió San Agustín

            Descubrir que la vida es permanente conversión y crecimiento.

(Normalmente sólo conocemos los pecados de la juventud de Agustín, pero su conversión nos muestra otras dimensiones de él bastante interesantes)

 

1.- Inquietud – BÚSQUEDA DE LA VERDAD

 

            En este punto podemos hacer un análisis de la situación actual de los jóvenes por medio de una entrevista hecha en el instituto o la universidad, o a la salida de la Iglesia. Con preguntas como estas:

 

* ¿Cuáles son los 3 peligros mayores que tienen los jóvenes hoy?

* ¿Cuáles son las 3 mayores virtudes de los jóvenes hoy?

* ¿Cuáles son los 3 mayores defectos de los jóvenes hoy?

* ¿Qué identifica a los jóvenes?

* ¿Qué pueden ofrecer los jóvenes a la sociedad para el futuro?

* ¿Cuál es el lugar de los jóvenes en la Iglesia?

* ¿Qué debe mejorar en la Iglesia en relación a ellos?

 

            Debemos concluir este punto viendo la necesidad de cambio para aproximar a la gente a Jesús.

 

2.- EXPERIENCIA DE LA PALABRA E INTERIORIZACIÓN AGUSTINIANA

 

            Trabajaremos estos textos en grupos de tres personas descubriendo diversos aspectos que muestran que siempre que se produce un encuentro con Jesús, la consecuencia  de eso es un cambio radical de vida en las personas que lo sufren.

 

 “Por aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea  y diciendo:  «Convertíos, porque está cerca el reino de Dios»”.   (Mt 3, 1-2; Mc 1, 4; Lc 3, 3)

 “ Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el reino de Dios está cerca»”. (Mt 4, 17)

Dad frutos dignos de conversión” (Mt 3, 8)

Jesús les contestó: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan»”. (Lc 5, 31-32)

“«Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino

de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3-4.)

Uno de los criminales crucificados le insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le reprendió diciendo: «¿Ni siquiera temes a Dios tú que estás en el mismo suplicio? Nosotros estamos aquí en justicia, porque recibimos lo que merecen nuestras fechorías; pero éste no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey». Y le contestó: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso»”.  (Lc 23, 39-43)

Entonces les abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras. Y les dijo: «Estaba escrito que el Mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que hay que predicar en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén”. (Lc 24, 45-47)

Hermanos, recordad nuestros trabajos y fatigas; cómo trabajábamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros mientras os anunciábamos el evangelio de Dios.  Vosotros sois testigos, y también Dios, de que nos comportamos con vosotros, los creyentes, de una manera noble, justa e irreprochable”. (1 Tes 2, 9-10)

O ¿desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?” (Rm 2, 4)

Después de la cura todos los habitantes de Lida y Sarón le vieron, y se convirtieron al Señor”. (Hch 9, 35)

 

            Los textos bíblicos no nos dicen cómo vivir esa conversión. Usaremos ahora le experiencia de Agustín que, iluminado por la vida de la primera comunidad eclesial de Jerusalén, nos muestra por dónde puede ir esa conversión.

Cogemos la hoja en anexo, y leyendo el texto agustiniano de las Confesiones intentemos traducir su experiencia a nuestra vida (puede ser individualmente o en los grupos con los que se profundicen los textos bíblicos)

 

(Al final, cuando pongamos todo en común, deberíamos llegar a afirmar que Agustín se convirtió a vivir el Evangelio desde la amistad con sus amigos. Él descubrió que es posible vivir el Evangelio en clave de amistad. La amistad es un Don de Dios que vivida bien puede unir nuestros corazones y se transforma en una relación que nos lleva a construir el Reino de Dios.)

 

 

3.- EXPERIENCIA DE CONVERSIÓN – COMPROMISO

 

            Después de la puesta en común, el animador del encuentro invita al grupo o a cada uno individualmente a convertirse para vivir algún elemento de los que vivieron Agustín y sus amigos, y que piense cuánto le falta por vivir: talvez pueda ser vivir más desde la alegría, no discutir y realidades concretas y próximas a nosotros.

 

 

4.- EL GRITO DEL CORAZÓN (Espiritualidad)

 

ORACIÓN FINAL

ANIM.: Pidamos al Padre que, por intercesión de San Agustín, nos lleve a una completa conversión de corazón y digamos:

T.- SOLO TU ERES SANTO, SEÑOR.

 

L.- Señor, que nos hiciste para Ti, haz que nuestro corazón esté inquieto hasta que descanse en Ti.

T.- SOLO TU ERES SANTO, SEÑOR.

 

L.- Señor, sin tu ayuda nada podemos hacer, concédenos reconocer nuestra debilidad y la necesidad de tu gracia.

T.- SOLO TU ERES SANTO, SEÑOR.

 

L.- Señor, danos un corazón puro, para que podamos comprender

plenamente el sentido de la conversión.

T.- SOLO TU ERES SANTO, SEÑOR.

 

L.- Señor, que quisiste que el bautismo fuese la señal de una conversión sincera, haz que nuestra vida de cada día de el testimonio vivo de esa conversión

T.- SOLO TU ERES SANTO, SEÑOR.

 

L.- Señor, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, haz que vuelvan a ti los que está alejados.

T.- SOLO TU ERES SANTO, SEÑOR.


 

ANEXO 1 – La Conversión de Agustín

“Otras cosas había que cautivaban más  fuertemente mi alma con ellos, como era:

 

AGUSTÍN

NOSOTROS

 

El conversar, reír

 

 

 

Servirnos mutuamente con agrado,

 

 

 

Leer juntos libros bien escritos

 

 

 

Chancearnos unos con otros y divertirnos en compañía

 

 

Discutir, a veces, pero sin animadversión, como cuando uno disiente de sí mismo, y con tales disensiones, muy raras, condimentar las muchas conformidades

 

 

 

Enseñarnos mutuamente alguna cosa

 

 

Suspirar por los ausentes con pena y recibir a los que llegaban con alegría

 

 

 

Con estos signos y otros semejantes, que proceden del corazón de los amantes y amados, y que se manifiestan con la boca, la lengua, los ojos y mil otros movimientos gratísimos, se derretían, como con otros tantos incentivos, nuestras almas y de muchas se hacía una sola

(San Agustín, Confesiones, IV, 8, 13)

 

 

 

 

 

 

 

REFLEJOS DE LUZ